Un problema de todos
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En poco más de dos siglos, un verdadero suspiro en escala cósmica, las actividades humanas consiguieron retrasar el estado de la atmósfera al de una era geológica diferente.

Forzamos, de esa forma, al conjunto de la vida terrestre, que evoluciona tan lentamente, a coexistir en un mundo físico sumido en condiciones muy cambiantes, tan distinto del que había cuando nuestros primeros ancestros lograron erguirse sobre sus pies.

Un simple invento, el motor a combustión, fue el principal catalizador de lo que llamamos “cambio climático”. A mediados del siglo XVIII, se empezó a quemar carbón y madera para alimentar calderas, mover máquinas y trasladar personas, y luego se continuó usando petróleo y gas. Cada vez más.

Tener hidrocarburos en el subsuelo les dio identidad a algunos, orgullo, trabajo, fortuna y una sensación indetenible de progreso, a pesar de las chimeneas negras y la contaminación. Pero a medida que su uso avanzó y se globalizó, la capa inferior de la atmósfera, la tropósfera, comenzó a llenarse también de una molécula que se produce con la combustión de los hidrocarburos y que no se desintegra así nomás. Por el contrario, se queda abrazando la superficie del globo por siglos y siglos. Es el dióxido de carbono, CO2.

Este gas, que no tiene olor ni color, posee la cualidad de actuar como si fuera una gran red que atrapa el calor del sol e impide que se escape al espacio. En el Holoceno, la Tierra había alcanzado la proporción adecuada y justa de dióxido de carbono, de unas 280 partes por millón, lo que le dio estabilidad al clima y permitió que las civilizaciones humanas se desarrollaran. En Marte no hay CO2 y no se puede vivir. En Venus sobra, y no hay forma biológica que pueda aguantar el calor que hace. Por eso, la Tierra es una maravilla.

El CO2 no es el único gas con la habilidad de retener rayos infrarrojos. También lo hacen el metano y el óxido nitroso, así como otros compuestos de nombres difíciles de pronunciar que la industria química inventó en las últimas décadas: los gases fluorados. Algunos captan los rayos con más intensidad o por menos tiempo. Pero como el CO2 es el más abundante y el más persistente allá arriba, donde no lo podemos ver, constituye el mayor porcentaje de las plumas de esta gran frazada que nos cubre. Es, por eso, el supervillano. Todo el balance energético del sistema terrestre está alterado por su culpa. Y nosotros con él.

No había habido tanto CO2 acumulado desde hace 120 mil años, ni tanto metano en los últimos 800 mil. Lo sabemos a ciencia cierta porque toda esa información quedó plasmada en el hielo de los polos, que es el gran registro histórico de las transformaciones terrestres.

La temperatura promedio de la Tierra subió 1,2 °C desde 1750. Parece poquito, una pavada. Pero fue suficiente para desencadenar una serie de modificaciones irreversibles en todo el mundo. Los cambios están en todos lados, ningún lugar zafa. Sin embargo, se sienten con una fuerza descomunal en el techo del planeta: el Ártico.

En la actualidad, Groenlandia se deshace como un pote de helado fuera del freezer. Su superficie pintada de blanco en los mapas, que suponíamos imperturbable y eterna, se está llenando de lagunas y de unos ríos con meandros de color turquesa. Estos después se convierten en embudos que penetran una masa muy dura que mide tres kilómetros de altura. Así, el hielo de millones de años se rompe por dentro y termina transformado en gigantescos icebergs que se desgranan en el mar, sudando como jugadores de fútbol.

La superficie helada del océano Glacial Ártico, que funciona como un enorme escudo protector del mundo entero, también es cada vez más y más chica. Y hay una enorme posibilidad de que antes de 2050, durante algún verano boreal, este mar chato, tranquilo y muy bello directamente no se congele. Que no haya nada de hielo ahí no solo afectará a los osos polares, que perderán su mejor herramienta de caza. Además, desencadenará una serie de efectos de retroalimentación muy complejos, porque el océano oscuro absorbe más calor. El blanco del hielo, en cambio, lo irradia. Y así, una cosa hace peor a la otra.

Por supuesto, estos no son los únicos efectos provocados por las condiciones causadas en la atmósfera inequívocamente por las actividades humanas. Los glaciares son mucho más pequeños, lo que pone en riesgo el caudal de los ríos, como saben muy bien todos los que viven cerca de una cadena montañosa. Por eso creció también el nivel del mar y sus aguas se acidificaron, hinchadas de CO2 como quien se llena la boca de caramelos y no puede hablar más. El cambio de composición química afecta la vida marina entera, entre otros motivos porque el calcio de los esqueletos de los animales más pequeños, que están en la base de la cadena alimentaria, se disuelve en un medio con menor pH (el coeficiente que indica el grado de acidez o alcalinidad del agua). La mayor presencia de CO2 convierte el agua en un medio más ácido, lo que disuelve los organismos compuestos por calcio. Los estratos marinos superiores tienen cada vez menos oxígeno. Las barreras coralinas, que son el epicentro de sistemas muy ricos, abundantes y complejos, ya han sufrido cuatro episodios de blanqueamiento por efecto de las temperaturas más calientes en los mares de todo el mundo. ¿Podrá la vida adaptarse tan rápido a una transformación tan radical? La verdad es que no lo sabemos.

Esa pregunta también nos interpela de lleno como sociedades, mientras escuchamos desde tierra firme las olas que avanzan, comiéndose las líneas de las costas, amenazando ciudades enteras. Parece un escenario de película de catástrofe. Pero no lo es. Ya lo estamos viendo. En 2020, por ejemplo, el subterráneo de Nueva York, que es tan icónico, se llenó de torrentes que bajaban por las escaleras de cemento como cataratas irrefrenables producto de la cola de un huracán, que también iba supercargado de agua, porque los cielos más calientes son mucho más húmedos. Y cuando descargan su furia nos lo hacen saber, destruyendo todo a su paso con intensidad de dioses. No preguntan.

Las noticias de las catástrofes dominan este nuevo mundo transformado. Lluvias bíblicas en desiertos, sequías interminables en lugares que siempre habían tenido estaciones húmedas regulares, huracanes con tanta intensidad o tan cargados de agua que desafían todas las categorías ideadas. Ocurren incendios indomables, mucho más calientes, que pueden devorar cualquier sitio, desde Córdoba hasta California, desde Corrientes hasta Siberia o Australia. Lamentablemente, la lista de impactos es interminable.

 Las respuestas a desafíos perentorios, como resolver la pobreza, tienen que contener la crisis climática, porque una cosa influirá sobre la otra. Como cuando se desata una guerra, son los más pobres, los enfermos, los ancianos, los niños y las mujeres quienes están más desprotegidos por el cambio del paisaje y la disponibilidad de agua o alimentos. En algún momento, los que no tengan qué beber tendrán que dejar sus hogares, al igual que quienes no puedan evitar las crecidas de los ríos o del mar. Los que no tengan cómo huir, ya sea porque les falten fuerzas o medios económicos, serán las víctimas más vulnerables.

Cualquier tema sobre el presente está cruzado por esta brutal transformación en las condiciones biofísicas del planeta, entre otros motivos, porque estas malas noticias que ya estamos viviendo, que asustan tanto, representan el principio de la película, no el final. El final, como veremos a lo largo del libro, depende de lo que hagamos ahora. Ya mismo.

Mientras no consigamos eliminar las fuentes que producen carbono, la temperatura seguirá aumentando. Por desgracia, en la actualidad ningún gobierno del mundo está a la altura de enfrentar correctamente este desafío, que no tiene respuestas fáciles ni perfectas. Los que tienen que pagar por los daños no lo quieren hacer, mientras la mayoría se resiste a cambiar, más allá de lo que les pase a la Tierra y a las sociedades, acaso a la espera de una solución tecnológica mágica.

Por eso es tan importante la acción de la sociedad civil. No hay buenos ejemplos de transición, todo es un experimento. Pero tampoco hay tiempo. Esa es la terrible paradoja.

Los grupos poderosos que provocaron los daños que vemos son los mismos que tienen un poder infinito sobre las decisiones de los gobiernos; por eso, sus actividades no solo afectan a la atmósfera y los territorios, sino que infligen golpes a las democracias. Se acallan las voces disidentes, se las invisibiliza o desprecia. Se desinforma. Pero hay algo que el dinero jamás podrá comprar: las leyes de la física. Más allá de que lo oculten, cuanto mayor sea la temperatura más difícil será detener este proceso inercial, que crece y crece, y no para. No puede parar porque nadie puede dominar los sistemas terrestres con control remoto.

En 2015, después de muchas idas y vueltas, finalmente se firmó el Acuerdo de París, un acuerdo internacional para tratar de contener el incremento de la temperatura del planeta “muy por debajo de los 2 °C”. Sin embargo, se siguieron haciendo inversiones por billones y billones de dólares para ampliar la frontera hidrocarburífera en vez de achicarla, mientras que el parque renovable creció a paso de tortuga para las necesidades urgentes que tenemos, a pesar de que la tecnología cada vez es más barata. Las emisiones siguieron en alza, en vez de disminuir. La temperatura mantuvo su rápido ascenso.

Y así seguirá mientras actuemos como si no pasara nada, pateando la pelota para adelante. A este ritmo de producción de gases de efecto invernadero (GEI), no es imposible que el termómetro suba 3 °C en promedio dentro de unas décadas, lo que terminará por producir un mundo totalmente distinto al de hoy, desconocido tanto para los humanos como para el resto de los seres vivos. Cuanto más tardemos en incorporar el clima como eje transversal de la agenda política y económica, más se agravará todo.

La deforestación para expandir la producción industrial de commodities (soja, cacao, carne, palma, etc.) en biomas tropicales y extratropicales, como el Gran Chaco Americano, también es responsable de las emisiones de gran cantidad de CO2 y causa directa de la acelerada pérdida de plantas, animales e insectos, otra crisis simultánea e igualmente preocupante. Es lo que se llama la “sexta extinción”.

Desde que el mundo es mundo, se registraron cinco eventos masivos de destrucción de la vida por diferentes motivos: erupciones concatenadas de volcanes o, como todos sabemos, el impacto de un meteorito que terminó con los enormes dinosaurios. Pero esas transformaciones del paisaje viviente se produjeron a lo largo de enormes períodos de tiempo. La transformación actual, en cambio, la vemos suceder en lapsos de décadas. Pensar que esto es solo un berretín de conservacionistas y fanáticos bichos raros es tener una mirada muy corta, porque la estrecha interrelación del mundo físico y el biológico permite, por ejemplo, que tengamos oxígeno para respirar. Y hasta donde sabemos, todavía no se ha inventado un humano que pueda prescindir de este elemento esencial.

El mundo es una malla interminable de vínculos grandes y pequeños, en la que nada sobra. Por ejemplo, la humedad que transpiran los árboles de la Amazonia se abraza a las partículas de polen de sus hermosas flores para formar las semillas de nubes. Estas luego chocarán contra la cordillera de los Andes, viajarán gracias a la acción de los vientos y se convertirán en lluvias en la pampa húmeda. El fenómeno de los ríos voladores o atmosféricos (esas nubes que cargan grandes cantidades de agua, producto de la evaporación del océano y de la humedad de la Amazonia) explica muy bien cómo los procesos se relacionan entre sí de las formas más increíbles.

Sin las aves y los mamíferos que dispersan las semillas de las plantas tampoco podría reproducirse el bosque, que necesita, además, de todos sus insectos y de organismos microscópicos.

Ya a principios del siglo XIX, el gran Alexander von Humboldt había observado, mientras viajaba por la espectacular geografía de Sudamérica, que el mundo es una unidad indivisible, un organismo compuesto por miles de hilos entretejidos que laten al unísono. Destruirlo es como cortarnos los pies, cortarnos las manos o cavarnos la fosa.

Después de la pandemia de covid, deberíamos haberlo entendido muy bien. Un virus que evolucionó durante miles de años en el cuerpo de un murciélago en un bosque perdido del Asia, y que debía permanecer allí, se convirtió en un castigo para todo el mundo, provocando terribles heridas, dolor infinito y, además, enormes problemas económicos de los que aún no hemos salido. La destrucción de ambientes está detrás de fenómenos como este, al igual que la cría industrial de animales.

Así como los humanos tenemos una enorme capacidad para la observación, la reflexión y para hacer descubrimientos, tenemos también una inmensa habilidad para negar lo que ven nuestros ojos y perciben nuestros sentidos. La crisis climática y de extinción se viene gestando frente a nuestras narices desde hace muchas décadas. La diferencia es que hoy el proceso se ha acelerado y no nos queda tiempo para la procrastinación. Es una realidad incómoda, que nos interpela.

Pero como tampoco perdimos la capacidad de soñar, no podemos perder la esperanza, un sentimiento que también nos hace únicos como especie. Aún tenemos tiempo, aunque sea poco, para ir al rescate de nuestra Tierra maravillosa. Para lograrlo, se necesitará una gran cuota de imaginación y audacia, no cabe duda. Y un montón de amor por los seres y los lugares a los que nos sentimos inexorablemente unidos, que forman parte de quienes somos y que nos dan ganas de seguir adelante. (…)

¿Cambio climático, calentamiento global              o crisis climática?

Podría parecer un preciosismo lingüístico, sin embargo es fundamental tomar decisiones sobre los términos que se utilizan para abarcar en toda su dimensión la crisis climática que puede llevarse puesta a la humanidad. Las definiciones y los usos de las expresiones se hicieron más explícitos con el reporte del IPCC sobre el tope de 1,5 °C, en 2018. Desde ese momento, el diario británico The Guardian, al que siguieron publicaciones en español y en otros idiomas, impulsó un cambio en sus manuales de estilo.

El 17 de mayo de 2019, el diario publicó su decisión y desde ese momento recomienda a los escritores usar “emergencia climática” o “crisis climática” en lugar de “cambio climático” y “calentamiento global” (y aquí elige usar la palabra heating, que remite a un calor más intenso que warming, traducible como “entibiamiento”).

“Queremos asegurarnos de que estamos siendo científicamente precisos, al mismo tiempo que nos comunicamos con claridad con los lectores sobre este tema tan importante”, explicó la editora en jefe, Katharine Viner. “La frase ‘cambio climático’, por ejemplo, suena bastante pasiva y suave cuando de lo que los científicos hablan es de una catástrofe para la humanidad”, agregó.

Los cambios también se enviaron por correo electrónico al personal y se agregaron a la guía de estilo online el mismo día, según informó vía Twitter Leo Hickman, el director y editor de Carbon Brief. Otras modificaciones incluyen la sustitución de “biodiversidad” por “fauna”, y de “poblaciones de peces” por “cardúmenes de peces”.

Otro importante cambio semántico consiste en dejar de mencionar a quienes discuten la crisis como “escépticos del clima” para pasar a llamarlos “negadores de la ciencia del clima”.

Los diccionarios definen a un escéptico como un “buscador de la verdad”, o bien como alguien que aún no ha llegado a conclusiones definitivas, dice la guía de estilo de The Guardian.

 “La mayoría de los ‘escépticos del clima’, a pesar de la abrumadora evidencia científica, niegan que el cambio climático esté ocurriendo o que sea causado por la actividad humana, por lo que ‘negadores’ es una palabra más precisa”, continúa.

Laura Hazard, redactora del grupo de expertos en periodismo Nieman Journalism Lab, escribió al respecto: “La importancia de la redacción sobre el clima es real, y aunque los cambios de The Guardian son técnicamente pequeños, pueden ayudar a reforzar la relevancia de los informes sobre el clima en la mente de los lectores y el personal de la sala de redacción”.

Entre los hitos que llevaron a The Guardian a actualizar sus conceptos, están los siguientes:

1. En octubre de 2018, el IPCC afirmó que los niveles de CO2 debían caer casi a la mitad en 2030 con el fin de limitar el calentamiento a 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales y evitar impactos catastróficos.

2. Un informe de Naciones Unidas de mayo de 2019 advirtió que la biodiversidad y los sistemas naturales estaban disminuyendo en todo el mundo, lo que pone en riesgo a las sociedades humanas que dependen de ellos.

3. Se institucionalizó el uso del término “crisis climática” en Naciones Unidas. El secretario general António Guterres empezó a usarlo en septiembre de 2018 y, junto con el científico climático Hans Joachim Schellnhuber, quien ha asesorado a Angela Merkel, a la Unión Europea y al Papa, hicieron un llamado a la acción.

“El modelo actual de crecimiento infinito en un mundo de recursos físicos finitos generará inflación, caos climático y conflicto. La solución es clara: recursos renovables infinitos –viento, sol, mareas– están a nuestra disposición para resolver nuestras necesidades energéticas”, dijo Guterres en uno de sus discursos.

Más allá de las diatribas y las intenciones, lo que se necesita es más acción. No queda tan claro que los recursos renovables y su explotación puedan ser infinitos solo porque lo deseamos. Este capítulo dedicado a las narrativas dominantes pretende hacer un aporte para entender qué se dice, quién lo dice y dónde se dice. Pero, por el momento, son palabras.

La realidad es la que muestra la ciencia. Nos habla de un futuro con recorte de emisiones contaminantes. Un futuro que no será fácil de alcanzar, pero que es posible. Conseguirlo requiere, como primer paso, dejar de lado los eufemismos.

Y llamar a las cosas por su nombre. Hoy no estamos gritando “vamos a morir todos, carajo”, pero ese día podría no estar tan lejos.

 

☛ Título: (Re)calientes

☛ Autoras: Laura Rocha, Marina Aizen, Pilar Assefh

☛ Editorial: SXXI editores
 

Datos de las autoras 

Laura Rocha es periodista. Escribe sobre ambiente y desarrollo urbano. Presidenta de Periodistas x el Planeta (@PxP_LAC). Trabajó en “La Nación” y ahora en Infobae.

Marina Aizen es periodista y escritora, integrante del colectivo Periodistas x el Planeta.

Pilar Assefh es periodista. Cofundadora de @PxP_LAC.

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