Las comunidades indígenas son las que más sufren el problema de la deforestación en el Bosque Atlántico, en la región oriental de Paraguay. Muchas comunidades indígenas han enfrentado la falta de agua por una fuerte sequía. (Foto: Pánfilo Leguizamón)

Los impactos del cambio climático se sienten en todo el mundo, particularmente, cuando de falta de agua se trata. Y esta situación es cada vez más evidente y severa en Latinoamérica, como lo confirma un nuevo informe de las Naciones Unidas, “”, publicado en el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía.

Las cifras reveladas por este estudio son contundentes: alrededor de 17 millones de personas fueron afectadas por la sequía entre el 2000 y el 2019 en la región, siendo los países que encabezan la lista Guatemala, Haití, Paraguay, Honduras y El Salvador.

Pero el panorama es igual de adverso si miramos la problemática a nivel mundial. El informe de las Naciones Unidas revela que el número y la duración de las sequías ha aumentado en un 29 % desde el año 2000 y que hoy existen más de 2300 millones de personas que sufren las consecuencias de la escasez de agua en el mundo. Además, según los datos publicados, se estima que las sequías aumentarán en frecuencia, intensidad y propagación. Por ello, a menos que se tomen medidas urgentes, las sequías podrían afectar a más de tres cuartas partes de la población mundial para 2050.

Las comunidades indígenas son las que más sufren el problema de la deforestación en el Bosque Atlántico, en la región oriental de Paraguay. Muchas comunidades indígenas han enfrentado la falta de agua por una fuerte sequía. (Foto: Pánfilo Leguizamón)

“Estamos parados en una encrucijada”, advierte Ibrahim Thiaw, secretario ejecutivo para la Convención contra la Desertificación de las Naciones Unidas. “Tenemos que dirigirnos hacia las soluciones, en lugar de continuar con acciones destructivas, creyendo que el cambio marginal puede curar fallas sistémicas”.

Pero, ¿qué es la desertificación? Aunque es un concepto ligado a la sequía –que se trata de la falta prolongada de lluvias que provoca una insuficiencia del agua disponible–, la primera se refiere a la degradación de la tierra en las zonas secas del planeta, causada principalmente por la actividad humana y las variaciones climáticas. No se trata de los desiertos existentes, si no de la vulnerabilidad de estos ecosistemas en zonas secas –que cubren un tercio de la superficie del planeta– frente a la sobreexplotación y el uso inadecuado de la tierra. ¿Qué hacer al respecto?

Tranques de agua para la producción agrícola en la zona central de Chile. Foto: Heinrich-Böll-Stiftung
Tranques de agua para la producción agrícola en la zona central de Chile. Foto: Heinrich-Böll-Stiftung

Lee más |

Las urgencias

La publicación señala que, dada la gravedad de los impactos existentes y los que se avecinan, el conocimiento científico riguroso, de la mano con una decidida voluntad política, son el camino para poner en marcha una acción global y urgente.

“Debemos hacer frente a la sequía con urgencia, utilizando todas las herramientas que podamos”, agrega Thiaw. Para ello, precisa que una de las mejores y más completas formas de hacerlo es a través de la restauración de la tierra, que incluye atender la degradación de los ciclos del agua y la pérdida de fertilidad del suelo. Y la mejor manera de alcanzar esta meta, según el experto, es imitando a la naturaleza y a sus procesos de reconstrucción de los paisajes.

Sin embargo, la restauración no es suficiente. Por eso las Naciones Unidas menciona también la  necesidad de proteger y administrar las tierras con mejores prácticas de consumo y producción, donde actividades como la agricultura busquen técnicas de gestión sostenibles, en este caso, que produzcan más alimentos con menos tierra y menos agua.

La sequía ha destruido las milpas convencionales en Guatemala. Foto: Sebastián Escalón.
La sequía ha destruido las milpas convencionales en Guatemala. Foto: Sebastián Escalón.

El informe señala otros datos clave para dimensionar lo que ocurre en Latinoamérica. Por ejemplo, hasta el 2021, por lo menos 6.4 millones de personas perdieron sus cultivos en Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Ese número es preocupante pues se ha triplicado en poco tiempo con respecto al 2019, cuando la suma bordeaba los 2.2 millones de personas. Además, durante una de las sequías más severas en Costa Rica, ocurrida en 2015, las tasas de mortalidad específicas por especie alcanzaron hasta el 34 %.

¿En qué otros países se han vivido afectaciones de magnitudes importantes y qué similitudes tienen entre sí? En algunas regiones de México, Chile y Perú, los pequeños agricultores han perdido sus cultivos debido a las sequías, mientras que las fronteras agrícolas se han ampliado y la mayor parte del consumo de agua se ha destinado al beneficio de los grandes productores.

Lee más |

México: la receta para el desastre

México fue afectado en un 85 % por condiciones de sequía durante el 2021, indica el informe. Esto se evidencia en cómo los lagos y embalses se han ido secando en todo el país. Ciudad de México experimentó su peor sequía en 30 años en 2021, precisa el reporte, y los embalses y acuíferos están tan agotados que algunos habitantes no tienen acceso al agua del grifo.

Además,, publicado a inicios de este año en la revista, afirma que, entre el 2000 y el 2021, se vivieron las dos décadas más secas de los últimos 800 años en la región del suroeste de los Estados Unidos, situación que también impactó a la zona fronteriza del noroeste de México.

“Para México, particularmente, ha sido una situación muy patente; la ONU habla de un promedio a nivel mundial, pero para México esta última sequía ha sido muy profunda”, dice América Lutz Ley, investigadora del Centro de Estudios del Desarrollo del Colegio de Sonora (Colson) y doctora en Ciencias de Recursos de Tierras Áridas, por la Universidad de Arizona.

En las comunidades indígenas comcaac del noroeste de México, habitantes de regiones desérticas, la sequía y la falta de acceso al agua potable son el común denominador. Foto. Astrid Arellano
En las comunidades indígenas comcaac del noroeste de México, habitantes de regiones desérticas, la sequía y la falta de acceso al agua potable son el común denominador. Foto. Astrid Arellano

Esto se suma a que, de acuerdo con los, casi el 76 % del consumo de agua en el país se destina a la producción agropecuaria, seguido del uso público urbano con el 14.7 %; la industria autoabastecida –aquella que obtiene el agua directamente de ríos, arroyos, lagos o acuíferos, como la industria química, petrolera y del papel–, con el 4.9 %; y, finalmente, la producción eléctrica, exceptuando a la hidroelectricidad, con un 4.7 %.

“Pero en Sonora [un estado desértico y árido por sí mismo en el noroeste de México] tenemos todavía un número más alto. De lo que está concesionado, un 88% va a producción agropecuaria, luego un 11% es para uso público urbano y, a partir de ahí, son pequeñísimos los porcentajes siguientes”, dice Lutz sobre la región que estudia. “Vivimos en una zona seca y se produce alimento con la mayor parte del agua dulce con la que contamos. Uno pudiera pensar que es producción de alimentos y tiene una razón de ser, porque necesitamos comer, pero el problema común en el norte de México, por estar tan cerca de la frontera con Estados Unidos, es que mucha de la producción agropecuaria es para exportación”.

De acuerdo con el, de la Conagua, al 31 de mayo de 2022 el área desequía en la escala de moderada a excepcional fue de 56.17% a nivel nacional, ligeramente (0.7%) menor que lo cuantificado al 15 de mayo del mismo año. En la región noroeste, un 72.3 % del territorio se encuentra en condiciones de Sequía severa, mientras que el 24.1 % está en Sequía extrema y el 3.6 % en Sequía moderada.

Pozos de agua para terrenos agrícolas en Chihuahua, al norte de México. Foto: Adolfo Valtierra. Adolfo Vladimir Valtierra.
Pozos de agua para terrenos agrícolas en Chihuahua, al norte de México. Foto: Adolfo Valtierra. Adolfo Vladimir Valtierra.

Lutz señala que el otro gran problema es lo que como consumidores domésticos hacemos en las ciudades, pues además de que no hay esfuerzos gubernamentales para crear una verdadera educación ambiental ni conciencia sobre los impactos, también existen organismos operadores del agua con ineficiencias y problemas de fondo, como la atención a la infraestructura hidráulica vieja.

“Si sumas todas esas cosas con una sequía muy fuerte, como la que tenemos ahorita, en una situación global de cambio climático, es la receta para el desastre”, asevera la experta.

Lee más |

Chile: la ‘megasequía’ extendida

Chile es el único país latinoamericano entre los 23 que han sido identificados por las Naciones Unidas con emergencias por sequía entre 2020 y 2022. Además, señala que, durante 2020 y 2021, se registró un déficit de lluvias en todo el sur del continente americano.

René Garreaud, director del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2 y académico del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile, señala que aunque Santiago de Chile, en la parte central del país, tiene un clima naturalmente seco y es una zona donde históricamente ocurren sequías, a partir del año 2010 la secuencia de estos eventos ha sido ininterrumpida.

“Es a lo que le llamamos ‘megasequía’. Independientemente del consumo –que nosotros todavía no tenemos una claridad al respecto, aunque colegas han empezado a trabajar el tema– el hecho de que haya disminuido la disponibilidad es lo que ha causado este déficit hídrico en gran parte de Chile central; durante más de 10 años hemos vivido en promedio con un déficit del 30%”, explica Garreaud.

Cultivos de palta en zonas de escasez hídrica de Chile. Foto: Pamela Olate
Cultivos de palta en zonas de escasez hídrica de Chile. Foto: Pamela Olate

Especialistas han advertido que, con la aprobación por el Senado de , se ha beneficiado a grandes productores agrícolas, en vez de a los más pequeños, con lo que se ha promovido la expansión de la superficie agrícola y agravado los problemas de sequía. Además, para dimensionar la situación, apuntan que en las comunidades más afectadas por la llamada megasequía, las personas viven apenas con 20 litros de agua diarios.

Garreaud explica que la falta de lluvias repercute de manera casi instantánea en una menor cantidad de agua corriendo por los ríos, en una disminución en los niveles de los acuíferos y en el vigor de la vegetación natural. Sin embargo, cuando se analizan aspectos más complejos como el agua subterránea, no es claro qué parte ha disminuido por la sequía y cuál por el sobreconsumo.

“Lo que está ocurriendo en Chile, en estos últimos 10 años, es que hemos tenido una sinopsis del cambio climático. De hecho, esta disminución promedio del 30% es lo esperable, más bien, hacia el periodo de los años 2050 o 2060, incluso más adelante”, agrega el experto. “Entonces, como que se ha adelantado el futuro, justamente porque hay una superposición de las señales del cambio climático con la variabilidad natural, dentro de todo lo malo que puede significar esta situación, podemos ir aprendiendo sobre qué prácticas y qué estrategias funcionan y cuáles son sostenibles”.

Hace años que el cauce del río Putaendo, en Chile, no trae agua y se ha transformado en un basural. Foto: Michelle Carrere
Hace años que el cauce del río Putaendo, en Chile, no trae agua y se ha transformado en un basural. Foto: Michelle Carrere

Lee más |

Perú: la deforestación, desertificación y los incendios

Durante las dos primeras décadas del siglo XXI, la Amazonía experimentó tres sequías generalizadas y todas ellas provocaron incendios forestales masivos. El informe de las Naciones Unidas confirma, en ese sentido, que “los eventos de sequía son cada vez más comunes en la región de la Amazonía debido al uso del suelo y al cambio climático, que están interrelacionados. [Por ello] si la deforestación amazónica continúa sin cesar, el 16 por ciento de los bosques restantes de la región probablemente se quemará para 2050″.

Ernesto Ráez Luna, ecólogo y docente peruano de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (UARM), coincide en que, en el último siglo, se han vivido sequías muy fuertes, particularmente del 2005 al 2010 y entre el 2015 y 2016. En cada caso, el bosque se ha hecho un poco más inflamable de lo normal.

“El bosque amazónico, en general, es muy poco propenso a coger fuego porque es tremendamente húmedo, pero en condiciones de sequía y, sobre todo, en las fronteras de colonización donde se está destruyendo selva, el bosque se seca y se hace propenso al ingreso del fuego”, explica el ecólogo. “Y cuando la gente hace quemas agropecuarias después de desbrozar sus terrenos en épocas de sequía, las quemas tienen muchas probabilidades de escapar del control de los agricultores e ingresar al bosque”.

Incendio de la Municipalidad distrital de Río Tambo, en el Perú. Foto: Archivo Mongabay
Incendio de la Municipalidad distrital de Río Tambo, en el Perú. Foto: Archivo Mongabay

Por ello, en aquellos años hubo pérdidas muy importantes por incendios forestales. “Y es importantísimo aclarar que nunca son naturales: los incendios forestales son causados, prácticamente, en el 100% de los casos, por seres humanos”, advierte.

Aunado a estos graves problemas, Ráez señala que también se está perdiendo selva debido a la deforestación por la minería. “En la Amazonía, se ha convertido en un importantísimo factor de desertificación: solamente en el departamento de Madre de Dios, en la Amazonía sur peruana, hemos perdido más de 100 000 hectáreas de tierra en los últimos años, devastadas por la minería aurífera ilegal”, afirma.

El experto detalla que en el Perú hay más de 30 millones de hectáreas en proceso de desertificación, es decir, casi una cuarta parte del país. Y lo preocupante es que, a pesar de que ha habido estudios e intentos de mapeos sobre la desertificación, los diagnósticos gubernamentales acerca de estos problemas son muy viejos, con más de una década, y requieren una actualización.

“Tenemos que volver a aprender a amar la tierra: no puede ser vista como una cosa inerte que tiene la obligación de darte alimentos. Tiene que ser vista como una cosa viva y que, si no la cuidas, se va a enfermar, se va a intoxicar, va a dejar de producir y puede morir. Creo que muchos de nuestros agricultores han perdido esa noción original de la grandeza de la tierra, de su vitalidad, y tenemos que rescatarla”, precisa Ráez

Lee más |

La búsqueda de soluciones

Los expertos de México, Chile y Perú coinciden en que debe existir una planeación de las actividades productivas basada en las características cíclicas de las sequías en cada región y también sugieren rescatar todas esas prácticas ancestrales que han sido ejemplo en las comunidades locales e indígenas para el cuidado del agua, pues insisten en que las sequías no son nuevas y no se van a detener. Finalmente, desde las Naciones Unidas se insiste en que solo se obtendrán resultados si las sociedades actúan en conjunto.

“Solo tendremos éxito si trabajamos juntos, si somos inclusivos y movilizamos a los agricultores, las comunidades locales, las empresas, los consumidores, los inversores, emprendedores y, sobre todo, jóvenes, que son los motores de la concienciación y la acción”, concluye Ibrahim Thiaw. “La sequía es desalentadora, ya que sus efectos en la vida de las personas son devastadores. Pero a través del ingenio, el compromiso y la solidaridad se puede abordar con éxito. Eso puede motivar la acción hacia prácticas sostenibles muy necesarias en la gestión de la tierra y el agua, permitiéndonos no solo sobrevivir, sino también prosperar”.

*Imagen principal: El 2021 fue el doceavo año de lo que se ha llamado la “megasequía” en Chile. Foto: Michelle Carrere

El artículo original fue publicado por  en Mongabay Latam

Si quieres leer más sobreconservación en Latinoamérica,  Y si quieres estar al tanto de las mejores historias de Mongabay Latam,o seguirnos en  y 

Leave a Reply